Yo, la novia escalón. Un drama amoroso por entregas III

Lunes 05 Noviembre

(Hoy presentamos: objetos punzocortantes)

Por supuesto que era mentira. Tamara sí tuvo otro novio, aunque para ese entonces hubiera dejado de creer en el amor por siempre y se cuestionara su propia salud mental.

Ni siquiera le pareció atractivo cuando lo conoció. No es algo que estuviera muy bien presumir, pero al menos era honesto. Poco a poco fue cediendo a sus atenciones. Gustavo se esforzaba en hacerle saber que la quería. A su manera, claro. Más que ser un príncipe de cuento de hadas, su nueva pareja había resultado un hombre promedio de manos torpes. No era lo ideal pero en ocasiones la soledad se siente peor que la incompetencia. Mucho tiempo después, cuando recordaba ese periodo, sentía que había sido larguísimo: casi como una vida. “¿Por qué anduve con él”, se preguntaría.

Sin duda era raro. Tamara nunco supo en realidad de dónde venían los cristales que Gustavo cargaba en su mochila pero, por los vistazos que había logrado dar a escondidas, creía que debían ser algo así como los pedazos de una muñeca de porcelana. Seguramente alguien, en algún momento, le regaló esa figura que se había deshecho la tarde fatídica en la que Gustavo, por un descuido, tiró su mochila al piso. Esa era la versión que se contaba Tamara. 

Lo cierto era que Gustavo se sentía tan culpable que cargaba siempre la misma mochila, tratando de fingir que no se había enterado del accidente. En muchas ocasiones las personas preguntaban tímida o abiertamente sobre lo que llevaba en la mochila, a veces por el tintineo de los cristales golpeándose entre sí y en otras ocasiones por las curiosas heridas que le aparecían en el cuerpo. Él nunca atinaba a dar una respuesta convincente.

La confianza fue creciendo a tal grado que Gustavo se desprendía por momentos de su mochila. A veces la dejaba en el regazo de Tamara y se olvidaba de ella. Primero por unos breves minutos, luego por horas enteras. Y cuando menos se enteró, Tamara pasaba más tiempo con la mochila que con el propio Gustavo. “Explícame por qué cargas esto”, le preguntaría. Él nunca contestaba.

Hasta aquel día en el que Tamara se descubrió cansada de cargar algo sin razón. Suficiente tenía con sus propias pertenencias como para encima tener que preocuparse por las de alguien más. Abandonó la mochila sin pensarlo, ahí mismo: en el andador de Chapultepec. Siguió su camino sin mirar hacia atrás y nunca más volvió a llamar a Gustavo. Se convenció de que no tenía sentido el menor remordimiento.

Toda esta historia hubiera estado bien, hasta que una tarde cualquiera se lo encontró con una niña en brazos:una niña pequeña y frágil, como una muñeca. “Hubiera sido tu hija”, le dijo con esa idiotez que a Tamara le provocaba náuseas. Sonrió con dificultad, se dio la vuelta con esa sensación de un golpe repentino en el estómago. No se detuvo hasta llegar a casa. Se atrincheró en la cocina y devoró un plato de sopa, dos tostadas de tinga, tres buñuelos y un pedazo de pastel que aún tenía buen aspecto. Luego se acostó a dormir, aunque se sentía tan llena que no lograba conciliar el sueño.

Se quedó mirando al techo.

Nunca, nunca tendría novio otra vez.

 

------ C O  N T I N U A R Á---------

 

Anabel Casillas (@DimeChascona) sueña con escribir y que la lean. Es autora de La Nebulosa del Cangrejo, un faro espacial que emite constantes destellos de luz con la esperanza de que muchos otros la encuentren. Se buscan lectores en www.nebulosadelcangrejo.com


La rabia le quitó el hambre. No, la verdad es que luego le volvió a dar. Se desquitó con una cena alta en calorías para recordarse que al menos ella se amaba a sí misma. Se sentó en una banca de la explanada del Expiatorio para reposar la comida mientras veía pasar la fila de apóstoles que celebraban con recato las campanadas. Comenzó a llover, pero ella no se apresuró para resguardarse. Ya para qué, pensó. Esa noche, en nombre de su salud mental, Tamara prometió nunca tener novio otra vez. 

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