Yo, la novia escalón: drama amoroso por entregas IV

Miércoles 14 Noviembre

 

Hoy presentamos: Houdini

Para muchas personas, aprender magia es un curioso pasatiempo, pero para otras es cuestión de supervivencia. Luis, por ejemplo, creyó muchas veces haber nacido sin talento. Por eso desarrolló uno que le había dotado de cierta popularidad.

 

Prestidigitación: el tipo de magia basada en la rapidez de las manos para confundir al espectador. Un arte de ilusionistas y tramposos que saben que no basta con desear ser magos. Es necesario ejercitar la paciencia hasta sus últimas consecuencias, entrenar tal y como lo haría un deportista para llegar al único objetivo: dominar al espectador. Hacerle quedar como un bobo sorprendido al borde del aplauso. Saber el secreto convertía al mago en un ser superior.

 

Así fue como obtuvo su atención. En medio de una fiesta al borde de la decadencia, él prometió que adivinaría la carta que Tamara había elegido unos segundos antes. No mintió. Un rey de corazones fue suficiente para iniciar una conversación que siguió adelante día tras día. Tamara ni siquiera sentía culpa por haber olvidado su juramento de nunca tener novio otra vez. Nadie podría recriminárselo. Algo tenía Luis que encantaba a quienes lo escuchaban, tal y como lo haría uno de esos domadores de serpientes. Ella imaginaba una vida oyendo sus historias. Un paseo interminable acompañada de los múltiples universos que él le dibujaba. Por eso se esforzaba por mirar y comprenderlo todo igual que él. Corresponder a la magia. Pero al final, era como si nunca pudiera acercarse siquiera a lo que él le ofrecía.

 

Luis cada vez desarrollaba más talentos, pero el favorito eran ese recién aprendido número de escapismo que le salía cada vez mejor. Cuando a Tamara se le descompuso el coche, Luis tenía el teléfono apagado. Los días en los que se sentía deprimida, él decía estar atiborrado de trabajo. Ni qué decir cuando Tamara se enfermó, porque Luis se vio obligado a salir de la ciudad. 

 

Su actuación se repetía incluso en los momentos más inesperados. A veces Tamara juraba que lo había visto caminar junto a ella, sólo para descubrir que parecía haberse evaporado. Su relación consistía en una persecución constante disfrazada de complicidad. 

 

Una noche, Luis intentó ganarse el perdón de Tamara con su mejor acto de magia. Ella se sentó frente a él con algo de desgano. Y de pronto ahí estaba: descubrió el truco. Parpadeó muchas veces como intentando convencerse de que lo que había visto  debía ser un error, pero fue tan claro que lo gritó inmediatamente. ¡Ya sabía cómo lo había hecho! A Tamara la conducía una euforia que no le cabía en el cuerpo. ¡No caí en la trampa!, repetía como una niña.  Luis tropezaba alejándose cada vez más, estaba anonadado. Desenmascarado. El mago nunca se había preparado para algo así. 

 

Tamara continuaba recitando la mecánica del acto hasta que se dio cuenta que no había nadie más en la habitación. No volvió a saber de Luis hasta la mañana en la que descubrió su foto de boda en una revista de sociales. Pensó que ya era cómico que un ex se le casara una vez más, pero estuvo segura que su nueva esposa era el resultado de sus mismos trucos.

 

“Pude ser yo. El destino quiso que me salvara”, repitió para sí misma. Creía que nada de esto le había afectado, pero ese día el desayuno le cayó mal.

 

Nunca, nunca, (pero ahora sí, nunca) tendría novio otra vez.

 

------ C O  N T I N U A R Á---------

 

Anabel Casillas (@DimeChascona) sueña con escribir y que la lean. Es autora de La Nebulosa del Cangrejo, un faro espacial que emite constantes destellos de luz con la esperanza de que muchos otros la encuentren. Se buscan lectores en www.nebulosadelcangrejo.com


La rabia le quitó el hambre. No, la verdad es que luego le volvió a dar. Se desquitó con una cena alta en calorías para recordarse que al menos ella se amaba a sí misma. Se sentó en una banca de la explanada del Expiatorio para reposar la comida mientras veía pasar la fila de apóstoles que celebraban con recato las campanadas. Comenzó a llover, pero ella no se apresuró para resguardarse. Ya para qué, pensó. Esa noche, en nombre de su salud mental, Tamara prometió nunca tener novio otra vez. 

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