Directorio de Sedes

La ciencia del hipopótamo

La ciencia  del hipopótamo
Referencia de Revista
No. 1

Jueves, 1 Diciembre 2016

Hubo un tiempo en el que el hipopótamo no existía. Sabía por las historias de otras mujeres acerca de la presencia de animales que las acompañaban de por vida. Nahuales, tal vez. Ánimas invisibles para el ojo poco entrenado que permanecían en sombras incluso para su dueña, porque para descubrirlas había que atreverse a mirar.

La primera vez que escuché hablar de algo así fue cuando mi tía reclamó, como entre dientes, haber alimentado hasta el cansancio a un auténtico cebú que no hacía más que aburrirse. No parecía molesta al comentarlo, sino resignada: con el paso del tiempo lo aceptó como a una mascota.

Ese no fue el caso de Abril, una amiga con la que me encontraba frecuentemente. Ella siempre tuvo un encanto peculiar, a pesar de las calcetas sucias y la pintura de labios que no conseguía colocarse con la precisión de una coqueta experta.  Era un espíritu indomable, genuino, por eso me sorprendieron tanto sus desvaríos. Nos gustaba colarnos a los bares y engañar a los meseros para que nos trajeran bebidas. Esa noche no fue la excepción. Después de varios tragos, al calor de una carcajada incontrolable, Abril dio un manotazo sobre la mesa de madera y habló de un halcón que se le aparecía de manera intermitente. “No creo en fantasmas de ningún tipo, sean de persona o de animal. Seguro te confundiste”, le dije. Ella asintió y continuamos riendo. Atribuí sus invenciones a las consecuencias del alcohol y nos olvidamos del asunto.

La tercera vez que me topé con algo similar fue por accidente. Iba regresando con algunas compras cuando me pareció escuchar, justo afuera de la casa vecina, a una chica que contaba una versión detallada de la mordida que había recibido de un tapir en la mano izquierda, aun cuando esto contradecía el carácter flemático que caracterizaba al animal. Me detuve discretamente como para acomodar los víveres en la bolsa. Quería saber más de la historia. Observé en busca de alguna pista y lo primero que noté es que no había rastro de la herida. ¿Qué es lo que le pasaba a las mujeres a mi alrededor que acaban presas de alucinaciones? La vecina aseguró que no supo de la existencia del tapir hasta que la atacó. Describió su sensación como si le hubieran clavado un dardo. Era un dolor repentino, agudísimo, de esos que producen vértigo.

Lo cierto era que nunca le habían gustado los animales.

Faltaban diez minutos para la cinco de la tarde. Llegué temprano para la clase de música y me senté junto a la puerta. Sentí la brisa caliente que entraba sin prisas a la sala de espera, mientras mis compañeros hacían sonar sus diversos instrumentos. El maestro apareció con la guitarra al hombro. Era un tipo de 30 años, robusto, velludo. Un hombre al que no le bastaba ser gigantesco, sino que además dominaba el espacio con su voz atronadora y sus formas de sultán. Antes de entrar se paró apoyado en una pierna y secó el sudor de su frente. Siempre me dijo que a mí me quería más que al resto de sus alumnos. Me preguntó si estaba lista para ensayar.

Por las ventanas entraba una luz amarillenta que dotaba a la escena de nitidez. Cerró a medias la puerta tras de sí y abandonó la guitarra sobre el escritorio. Entonces me dio un abrazo.

El maestro me dijo lo afortunado que se sentía de que fuéramos amigos. Luego llamó al resto de la clase y yo esperé mientras mis compañeros ocupaban sus sitios en silencio.

No había pasado nada.

Esa noche encontré al hipopótamo junto a mi cama. Di un brinco al hallar sus enormes ojos fijos y acusadores que parecían brillar en la oscuridad.

-No puede ser- pensé- ahora soy una de ellas.

El horror provocado por los ronquidos de mi nuevo inquilino me impidió conciliar el sueño de nuevo. Ninguna de las historias que había escuchado antes podría haberme preparado para la llegada de aquel espíritu. Un hipopótamo. ¿Por qué un hipopótamo y no cualquier otra cosa más discreta? ¿Significaba esto que ahora sería parte de mí?

Unos cuantos días bastaron para reconocer su carácter imprudente y obstinado. Le gustaba aprovechar los momentos de silencio, empujar con la cabeza los obstáculos que se le imponían, morder las libretas. Le gustaba sobre todo dar vueltas sin parar.

Intenté de todo para que se fuera o por lo menos que me diera un poco de privacidad, pero era inútil: a donde quiera que iba me seguía. Era fastidioso tener que adaptarme a su estilo lento, pesado, jugar a ignorarlo. Pronto tuve que dejar las clases de música, pero eso sólo sirvió para que se pusiera cómodo. Había encontrado un hogar.

Con el tiempo pensé que no bastaba con descubrir al hipopótamo: había que luchar con él. Quitarle la posibilidad de sumergirse amparado por el miedo que causa su grandeza. Decidí agredirlo para recuperar mi libertad, no ignorarlo. Peleamos una batalla encarnizada sin otra arma que nuestros cuerpos. Iba a estrangularlo. Iba a exponer sus vísceras. Lo acabaría a mordidas en caso de ser necesario. El hipopótamo se llenó de mi sangre y yo de la suya. Él o yo. No había tregua posible. Le arranqué pedazos de piel y no me detuve a compadecerme ante sus aullidos de dolor. Cada golpe me hacía más fuerte. Mucho más de lo que yo pensaba. Satisfecha, comprobé que su silueta se desdibujaba.

Lo convertí en un fantasma de esos que aparecen lejos para constatar que existieron. A las bestias hay que diseccionarlas, estudiarlas desde las entrañas para perderles el miedo.

Sé que los hipopótamos no expiran, pero se doman. Y por eso ahora cuento esta historia.

 

Por cierto

Durante el Festival Sucede se llevaron a cabo actividades que propiciaron diálogos en torno a la violencia de género. Hombres y mujeres pudieron dialogar sobre este problema y encontrar soluciones a través de talleres artísticos, puestas en escena, conciertos, intervenciones en el espacio público y exposiciones. 

 

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